Un cuerpo fruto de los millones de años que la evolución de la vida ha creado. Una máquina cuyo diseño es ajeno a nosotros. lo cual es un buen golpe a nuestra soberbia, al narcisismo que nos conduce a pensar que somos los dueños de la creación. Que nos lleva a la prepotencia de olvidar que no estamos solos, que este mundo es, además de humano, vegetal, animal y mineral. Eso sí, al César lo que es del César, somos la única especie que puede acabar con el planeta. Los mayas, cuyas profecías recogemos en este número, lo tenían claro.
Aunque nos cuesta aceptarlo no somos el centro del universo, ni siquiera de este planeta. Eso sí, como disculpa nos ha venido muy, pero que muy bien, tener dioses responsables de lo que sucede y demonios, creados a imagen y semejanza de lo que somos. Así nuestra maldad, más que propia, es del señor de los cuernos, protagonista del dossier central… Lo malo es que puede estar en nuestra mente. Un mal, una malicia como la que tuvo Rasputín, nuestro entrevistado imposible que encontró en la maldad y el pecado una exitosa forma de iluminación.
No, la línea editorial de este número no es negativa ni quejosa como puede parecer, que para eso ya tenemos al duende. Es un ejercicio de sinceridad, cruenta, pero real. Tan real como que enviamos animales a nuestras guerras y los usamos como armas. Tan certero como el impulso destructor que nos llevó a torturar a otros humanos para castigarlos o por el placer de que su voz agasajase nuestros mórbidos oídos.
Eso sí, para compensar, unos pocos, la mayoría reyes y gobernantes, desarrollaron un misterioso poder curativo como el que te contamos también en estas páginas. Lo cual no quita, como decía al inicio, que seamos unos seres egoístas. Y si no te lo crees, rellena el test y ya verás.
Somos humanos, qué le vamos a hacer, con todo lo que eso implica. Y ya que nos miramos tanto el ombligo, el mes que viene intentaremos hablarte de los enigmas que encierra ese mágico botón.